domingo, 14 de agosto de 2016

Letras... El Sha o la desmesura del poder

En la panadería trabaja Razak Naderi; tiene doce años. Alguien debería hacer una película dedicada a Razak. Al cumplir los nueve años, el muchacho vino a Teherán en busca de trabajo. En el pueblo, cerca de Zanyan (a mil kilómetros de la capital), dejó a su madre, dos hermanas y tres hermanos, todos ellos pequeños. Desde aquel momento era su deber mantener a la familia. Cada día se levanta a las cuatro de la madrugada y va a arrodillarse ante la boca del horno, que expulsa llamaradas de un calor abrasador. Allí, sirviéndose de un largo palo, pega las tortas al barro de las paredes y las vigila para sacarlas a tiempo. De esta manera trabaja hasta las nueve de la noche. El dinero que gana lo envía a su madre. Su fortuna: una bolsa de viaje y una manta que lo cobija por las noches. Razak cambia continuamente de empleo y a menudo sufre paro. Sabe, no obstante, que no puede culpar a nadie de ello. Simplemente, transcurridos tres o cuatro meses, empieza a sentir una gran añoranza por su madre. Durante algún tiempo lucha contra este sentimiento pero, finalmente, coge el autobús y se va al pueblo. Le gustaría estar con su madre cuanto más tiempo mejor, pero no se lo puede permitir; tiene que trabajar; él es el único sustento de la familia. Así que regresa a Teherán, pero en el puesto que antes ocupara ya trabaja otro. Razak no tiene otra opción que la de dirigirse hacia la plaza de Gomruk, lugar donde se reúnen los parados. Es un mercado de mano de obra barata; los que allí acuden se venden por ínfimos precios. Y sin embargo Razak tiene que esperar una o dos semanas hasta que alguien lo alquile para algún trabajo. Lleva días enteros de pie en la plaza, a merced de la lluvia, pasando frío y hambre. Pero al final encontrará a algún hombre que se fije en él. Razak es feliz: trabaja de nuevo. Pero la alegría no dura mucho; no tarda en añorar su casa, así que vuelve a irse para ver a su madre y, al cabo de poco tiempo, una vez más volverá a aparecer en la plaza. Al lado mismo de Razak existe un vasto mundo, el mundo del sha, de la revolución, de Jomeini y de los rehenes. Todos hablan de él. Y, sin embargo, el mundo de Razak es más grande. Tanto que Razak se pierde en él y no sabe encontrar la salida al exterior.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Letras... El Sha o la desmesura del poder de Ryzard Kapuscinski

A los ojos de un iraní medio la Gran Civilización, es decir, la Revolución del Sha y del Pueblo, no era otra cosa que el Gran Pillaje llevado a cabo por la élite. Robaban todos los que ostentaban algún poder. Si había alguien que, ocupando un cargo importante, no robaba, se creaba en torno a él un vacío: despertaba sospechas. Todos decían de él: «Seguro que es un espía que nos han enviado para que denuncie quién roba y cuánto, porque estas informaciones son necesarias para nuestros enemigos». En cuanto podían se deshacían del hombre que les estropeaba el juego. De este modo se llegó a la inversión de todos los valores. El que trataba de mantenerse honrado era acusado de ser un confidente a sueldo. Si alguien tenía las manos limpias, debía esconderlas lo más profundamente posible; lo limpio llevaba consigo algo de vergonzoso, de ambiguo. A más alta posición, más lleno el bolsillo. Si alguien quería construir una fábrica, abrir una empresa o cultivar algodón, debía entregar parte del capital a los familiares del sha o a uno de sus dignatarios. Y la entregaba de buena gana, porque el negocio podía prosperar tan sólo en caso de contar con el apoyo de la corte. Con dinero e influencias se vencía cualquier obstáculo. Podían comprarse las influencias y luego, haciendo uso de ellas, multiplicar la fortuna hasta lo infinito.