lunes, 30 de enero de 2012

Letras... (Subrayado) La vida y la literatura

 
De El mal de Montano, Enrique Vila-Matas

jueves, 26 de enero de 2012

Letras... Alexis o el tratado del inútil combate

Una larga carta que justifica un proceder, cargada de sentimiento ¿o de no sentimiento? es una contradicción que conmueve, una herida que se nos muestra sangrante e indolora, cuan doloroso e infructuoso es luchar contra la propia naturaleza, eso nos retrata Marguerite Yourcenar en Alexis o el tratado del inútil combate. No deja de sorprenderme lo extemporáneo del libro y la vigencia del tema tratado.

Sin más, sinopsis y ejemplar.

"Alexis o El tratado del inútil combate se publicó en 1929. Es contemporáneo del momento en que un tema hasta entonces prohibido en literatura, encontraba por vez primera desde hacía siglos, su plena expresión escrita. Cerca de treinta y cinco años han transcurrido desde su publicación; durante este periodo las ideas, las costumbres sociales, las reacciones del público han ido modificándose, aunque menos de los que se cree. Algunas opiniones del autor han cambiado o hubieran podido hacerlo. Por lo tanto, he vuelto a abrir el Alexis después de este largo intervalo, no sin cierta inquietud: pensaba encontrarme con la necesidad de hacer algunos retoques a este texto, de hacer el balance de un mundo transformado."

Otras... La última montaña



Marina cree que se va a desmayar, siempre que lo relata le pasa lo mismo, un calor sofocante se apodera de su pecho, siente que el aire escasea y su corazón comienza a latir con una fuerza y rapidez inusitada.
 
- Un pedazo de mí se escapa por mi aliento cada vez que cuento ésta historia, un sorbo de mi valentía es absorbido por seres incorpóreos que beben de mi sangre – le dice al hombre bajo y rechoncho de tez sonrosada que la mira por encima de la montura de unas gafas redondas.

- ¿Cree qué no es prudente contarme su historia? – pregunta el hombre mientras la mira con especial interés.

- No; no es eso, he llegado hasta aquí precisamente para hacerlo – Contesta haciendo una inspiración profunda en un intento por retener ese pedazo de ella que se escapa en el aire.

- Bueno, entonces comience desde el principio – Ordena el hombre mientras se ajusta las gafas sobre la nariz.

***
 
El sol parecía arropar los techos bajos de las diminutas casas rurales, una brisa fresca acariciaba los frondosos árboles de la pequeña plaza, parecía que había pasado hace tantos años atrás, cuando aún esa cicatriz rosada no surcaba su antebrazo, ni sentía dolor al respirar.

El aire era puro, un cúmulo de nubes blanquecinas coronaban las montañas circundantes al pueblo. Marina observaba el paisaje desde el balcón de la casa colonial que fungía como posada.

- Creo que esa pijama no es el atuendo más apropiado para salir al balcón – le dice él desde la cama con esa voz grave y aterciopelada que la encantó desde la primera vez que la escuchó.

Se sobresalta y sonríe – Es un desperdicio taparse con tanta ropa en éste clima – Le contesta sin dirigirle la mirada, no tiene que voltearse para saber que la mira, recostado sobre los suaves almohadones color crema, la mira con esa mirada tierna y dulce de los enamorados.

Aún le sorprende que el destino lo hubiese puesto en su camino, así, tan él, como siempre lo soñó, cada detalle, cada rasgo, cada gesto, estuvo primero en sus sueños y luego se materializó esa mañana en él. Esa mañana en que parecía que todo iba de mal en peor, él se plantó frente a sus escritorio y saludó con un “buenos días” que no dejaba lugar a duda, inmediatamente lo supo: había llegado.
 
Respira profundo, el olor dulzón de la humedad en el aire la revitaliza.

- Bien, creo que es hora de bajar a desayunar- dice mientras voltea a mirarlo y él está allí, recostado tal como lo imaginó.

El pequeño comedor de la posada tiene una atmósfera especial, acogedora, a pesar del aire frío que se respira afuera, la estancia parece estar envuelta en una tibieza casi familiar. Los muebles pesados y de aspecto rústico, lejos de afear el cuadro le aportan un aire romántico al lugar. Flores silvestres adornan los centros de mesa, parecen recién cortadas, Marina se pregunta a qué hora debió de levantarse la anciana a recogerlas para regalarles a los huéspedes sus colores. Una música, hasta ahora desconocida pero agradable, llena el silencio y se mezcla con el trinar de aves lejanas.

-No, no es fortuito que me sienta en casa, siempre pertenecí a este lugar, piensa sin dejar de sonreír.

A través de una pequeña ventana, puede ver parte de la cocina, de donde salen olores gloriosos que despiertan su apetito, una mujer con una pañoleta rosa atada a la cabeza le dirige miradas furtivas, a su espalda la anciana diminuta le susurra algo ininteligible y la mujer baja la mirada apenada continuando con su labor.

La anciana se dirige a la mesa con una sonrisa y una pequeña libreta de apuntes en la mano.

-No estamos acostumbradas a recibir temporadistas en éstos meses – dice como excusándose por el comportamiento de la cocinera mientras prepara el lápiz para tomar la orden – por lo general la gente prefiere ir a la costa ¿Sabe? Un bronceado es algo de lo que se puede presumir al regresar.

-No me gusta mucho la costa – contesta Marina con los ojos fijos en la carta – por eso elegimos este lugar, menos aún me gusta presumir de mi color de piel.

Nada se compara a la tranquilidad y transparencia de las montañas, siempre había admirado como éstas en medio de su soledad, se erguían majestuosas, orgullosas como guerreras silentes reposando después de una gran batalla de la que habían salido airosas.

-Hoy dejaremos que usted decida que desayunaremos – continúa mientras le extiende la carta a la anciana.

-¿Igual que ayer? ¿Para dos? – contesta la anciana sin levantar la vista de la pequeña libreta.

-Sí, él está por bajar.
La comida estuvo deliciosa, sentía una agradable pesadez producto de la satisfacción de haber comido un verdadero banquete.

Si bien la comida fue un momento agradable, notó nuevamente que él no era el mismo, los últimos días lo había notado distante, pensativo, incluso podría afirmar que triste. A veces su mirada solía posarse en un punto indefinido del vacío y pasaba así largos ratos de silencio, y aunque ella había tratado de sonsacarle una razón mediante minuciosos interrogatorios, la respuesta era siempre la misma “No pasa nada, sólo estoy cansado”.

Sabía poco o nada de su pasado, a veces la intrigaba, pero debía confesar que era mejor no conocerlo, se habría sentido celosa de amantes pasadas, habría odiado con intensidad la causa de esos esporádicos vacíos silentes, entendía que él había tenido una vida antes de ella, pero le gustaba pensar que como ella, él la estaba esperando, buscándola entre millares de rostros femeninos que sólo habían dejado recuerdos difusos y triviales en su memoria, que a pesar de haber andado, su vida sólo habría cobrado significado cuando la conoció.

Sí, era una romántica incurable pero ¿A quién la soledad no llegó alguna vez a transmutarlo aún a sabiendas de que la metamorfosis no le favorecería?

Atribuyó su mutismo y su total falta de comunicación con la agradable anciana, al cansancio.

-Hoy deberíamos salir a caminar por el pueblo – le dijo mientras acariciaba su mano morena en un intento por hacerlo levantar la vista hacía ella.

- Claro – contestó sin mirarla – es nuestro segundo día aquí y aún no hemos subido a la montaña.

La montaña también era un ser apasionante para él, o por lo menos así se lo había expresado, pero su fascinación era distinta, no veía la montaña con admiración, no, la miraba como un reto como algo que había que conquistar, como una bestia a la que había que domar y ese sería su trabajo. Ya había escalado otras mayores y más majestuosas, pero siempre había sostenido que ningún reto es pequeño, y por tal razón debe ser tomado con la misma determinación que uno grande, hasta los mejores nadadores pueden morir ahogados en una pequeña alberca si ésta es subestimada.

Escalar para ella no era una actividad conocida hasta que él llegó a su vida, sabía muy poco del tema y a pesar de que no era una de sus actividades favoritas, las veces que lo había hecho con él, había experimentado una sensación de triunfo muy agradable al llegar a la cima.

Él siempre era cuidadoso al elegir las montañas a las que ella le acompañaría, nada muy escabroso, acorde a su resistencia física y experiencia y ésta que tenían en frente, había sido seleccionada siguiendo esos criterios. Desde el día anterior la habían observado en varias ocasiones, trazando rutas imaginarias por el terreno a fin de determinar cual sería la mejor opción para conquistar la cumbre.

- A fuerza de mirarlas y estudiarlas, te enamoras de ellas – le había dicho él mientras miraba a lo alto – luego, cuando llegas a la cumbre es como haberla conquistado.

- ¿Pensaste en mí cómo en una montaña? – preguntó Marina divertida ante tal idea.

- Todas las mujeres son como montañas, misteriosas, peligrosas y atrayentes.

- Pues creo que su tiempo de escalar otras mujeres llegó a su fin – le dice mientras lo abraza.

- No, no solamente el tiempo de escalar mujeres ha pasado – le responde plantándole un beso en la frente.

La caminata por el pueblo fue reconfortante, no solía comprar souvenirs ni tomar fotografías de sus viajes, creía que ambas cosas no eran más que meros instrumentos para hacer alardes – Me conformo con los recuerdos – había afirmado en múltiples ocasiones, pero aquella vez no le bastaría con los recuerdos, así que durante todo el paseo camino con su pequeña cámara fotográfica colgada al cuello, quería retratarse con él en cada esquina, inmortalizar cada paso. Caminando tomada de su brazo, la sensación de seguridad que experimenta sólo era comparable a la que sintió de niña al caminar tomada de la mano de su padre.

Le gusta la fachada de una pequeña iglesia de piedra que parece muy antigua, decide que ese es el lugar perfecto para hacerse una fotografía, él protesta pero después de insistirle un poco accede a retratarse. Aborda a un lugareño que parece dormitar en un banco de la plaza.

- Disculpe – pide Marina en el tono más cortés que le es posible usar – ¿Le importaría tomarnos una fotografía frente a la iglesia?

El hombre ajusta su sombrero de paja y la sigue hasta la iglesia, Marina no entiende su mirada atónita al posar para el retrato, pero está conforme con el resultado que ve en la pequeña pantalla de la cámara digital y le agradece con una sonrisa.

- Creo que mañana es el día ideal para subir – dice él mientras señala el cielo – esperemos que haga buen tiempo.

***

Los caminos, a fuerza de andarlos con frecuencia, parecen acortarse y aunque aún no habían hecho el camino a la cima, a fuerza de trazarlo mentalmente y estudiarlo con detenimiento, éste parecía ser uno de esos casos. Había tratado de ir despacio, intentando grabar en su memoria cada uno de los detalles del sendero, el olor del aire, el color de las flores, la temperatura de la brisa, quería que todo quedara estampado indeleblemente en su memoria.

Él no había hablado en todo el trayecto, normalmente iba conversando con ella, contándole anécdotas de otras escaladas, atento a sus pasos, pero ésta vez parecía avanzar con una determinación infranqueable, como si librase una guerra con la montaña. El ceño fruncido, en esta ocasión no le parecía un gesto de concentración, lo interpretó como rabia, pero apartó la idea de su mente.

No sabe si haber conquistado la cima la alegra o la alivia, intenta no pensar en que cree y se dedica a sentir, mira a la verde profundidad del paisaje y se pregunta por qué las montañas más lejanas tienden a tornarse azules, respira profundo para compensar el escaso oxigeno del ambiente y a la vez memorizar el aroma de la cima.

- Cada cumbre tiene un olor distinto – dice él como si leyese sus pensamientos – como las mujeres.

Voltea y le sonríe pero no obtiene una sonrisa de vuelta. Se estremece y no sabe distinguir la causa ¿el aire frío o su expresión?.

Está de pie en una saliente que domina el precipicio, una fotografía allí, el sitio es perfecto, corre a la mochila a sacar la cámara.

- No, no querrás recordar ésta cima – le dice sin siquiera voltear a mirarla.

- ¿En qué momento aprendiste a leer mentes? – dice en un intento por hacerle reír y cambiar la atmósfera.

Voltea a mirarla, una profunda tristeza se ve en su mirada, un abismo mucho más profundo que el precipicio que contempla se traduce en su semblante.

- No te preguntes qué me pasa o qué me ha pasado antes de ti – dice levantando la mano en un ademán que significa detente – no es importante dónde estuve o de dónde vengo, lo único importante es que te escogí como compañera del fin del viaje, la última montaña, la de contradicciones, la de nombre marino que odia el mar, la de sueños sencillos y vida compleja, la última cumbre que quiero mirar.

Abre los brazos y aspira profundo como queriendo absorber en un suspiro toda la cordillera, un terror inmenso se apodera de ella, comienza a correr hacía él al mismo tiempo que éste comienza a inclinarse al vacío, no sabe por qué, pero recordará siempre el grito de un ave rapaz que se escuchó en ese preciso instante. Al llegar al borde de la saliente lo ve colgar de una roca, ese reflejo de todo cuerpo humano por aferrarse a ésta vida terrenal lo hizo asirse de alguna forma a ella, ahora su mirada es de terror. Ella intenta alcanzarlo y logra tomar su mano. No; no podrá con el doble de su peso, pone todas sus fuerzas en el intento, pero sólo logra que el borde de la roca le abra una herida profunda en el antebrazo, no siente dolor, pero siempre recordará la sensación de sus dedos escapando de su mano.

***

- Tiene usted muy buena memoria sensorial – dice el hombre ajustándose las gafas – ¿Le parece si en la próxima sesión iniciamos con cuales fueron sus sensaciones posteriores a la tragedia? Revisaré el material que me ha traído y formularé preguntas basándome en ello.

Marina seca sus mejillas anegadas de lágrimas y se limita a asentir con la cabeza.

Al cerrar la puerta el hombre toma asiento frente a su escritorio y comienza a ojear el material de la carpeta, el silencio en la sala sólo es interrumpido a ratos por el roce del lápiz en el papel mientras toma nota. Saca una fotografía de entre los papeles.

¿Esquizofrenia paranoide? Escribe con una caligrafía angulosa en el block de hojas amarillentas en el que ha estado tomando nota.

- No servirá confrontarla con la evidencia, la ha visto cientos de veces – dice para si mismo mientras vuelve observar la fotografía que tiene en la mano, donde puede verse ella, con mirada de enamorada posando sonriente y solitaria frente a la fachada de una iglesia de piedra.

viernes, 6 de enero de 2012

Letras... Un grito de amor desde el centro del mundo

No soy muy aficionada al género romántico, alguna vez lo fui, creo que en esa etapa de la vida en la que te caben más esperanzas e ilusiones en el cuerpo que realidades.

Kyoichi Katayama nos trae con esta novela juvenil romántica (sí, sé lo que están pensando) una historia de amor de dos adolescentes, que entretiene y es sencilla de leer, no puedo decir más, les dejo lo demás a ustedes.

Acá les dejo el texto de la contraportada y el ejemplar.

La conmovedora historia de amor que ha enamorado a millones de lectores de todo el mundo. 

Sakutarô y Aki se conocen en la escuela de una ciudad provincial de Japón. Él es un adolescente ingenioso y algo sarcástico. Ella es inteligente, hermosa y popular. Pronto se convierten en amigos inseparables, hasta que un día, por primera vez, Sakutarô ve a Aki con otros ojos, y la amistad cómplice se transforma ineludiblemente en una pasión arrebatadora. 

Ambos viven una historia capaz de trastocar los sentidos y borrar las fronteras entre la vida y la muerte. Un grito de amor desde el centro del mundo es la novela japonesa más leída de todos los tiempos. 

Ha inspirado una versión cinematográfica, una exitosa serie televisiva y ha sido ilustrada como cómic manga.