viernes, 21 de mayo de 2010

Letras... En el cielo con diamantes

Esta novela de Senel Paz (Fresa y Chocolate) es una verdadera bocanada de aire fresco, divertida, amena y refrescante, escrita con un estilo maravilloso que te sumerge en una maraña de narraciones donde el autor te pierde para solo reencontrarte más adelante.

Una historia de dos adolescentes en la Cuba de los sesentas con los Beatles de fondo. Les dejo un fragmento del primer capítulo a ver si se animan.

1
Arnaldo

Esta es la historia de David y Vivian, no la mía, eso que quede claro desde ahora. A mí me implica porque el día que comienza me desperté con el presentimiento de que algo especial iba a ocurrir. Me quedé en casa, a la espera de lo que fuera, pero por la tarde llegaron mis amigos con una invitación para ir donde las chivas y me largué con ellos. Espero que comprendas lo que quiero decir y que no seas de esos que se ponen a bizquear cuando oyen hablar de que los muchachos de los pueblos nos relacionamos con animales pues, de ser así, este cuento no sería de tu agrado. En fin, fuimos, y ya veníamos de regreso, comentando la alegría con que nos recibieron las chivas y lo felices que las habíamos dejado cuando nos pareció escuchar unas voces que procedían de un bosquecito cercano. Nos encaminamos a ver y, a poco que nos adentramos por el bosquecito, topamos con un flacucho, desnudo de la cintura hacia arriba, a quien un grandazo amenazaba con un cinto. ¡Te voy a enseñar, so cabrón, lo que es el respeto y la vergüenza!, gritaba el grande a punto de descargar el primer fustazo. Enseguida nos entusiasmó el espectáculo, no importa que fuera un abuso, y nos pusimos a achuchar. ¡Mátalo!; oye, ¡dale por la cabeza! Pero de pronto, yo escuché una voz que me pedía que sin tardanza saliera en defensa del muchacho. No tuvo que repetírmelo, di un paso al frente y grité al mastodonte, ¡Eh, grandísimo hijo de puta, ¿te las tomas con quien no se puede defender?! Mis socios se asombraron: ¿qué me pasaba?, ¿iba a malograr la fiesta? ¡Te voy a enseñar que es de cobardes lo que haces!, continué yo. Entonces se produjo un silencio, que vino a interrumpir el flaquito. ¿Y a ti quién te da velas en este entierro, se puede saber?, dijo, ¿te crees Don Quijote, o qué? Mis socios y el mastodonte se rieron. Pero a mí, que el muchacho resultara orgulloso me puso aún más de su lado, de modo que di otros dos pasos y empecé a quitarme la camisa y esto fue todo porque el gigante, en viendo que yo era de pelea y hablaba en serio, comenzó a dar explicaciones. Unos depravados, dijo, estaban molestando sus chivas de la peor manera; había agarrado a este, que seguro era de la banda, no había más que verle la carita de sátiro, e iba a enseñarle a fuetazos que si tenía picazón aprendiera a quitársela con mujeres, que para eso no lejos de allí vivían tres puticas; abusar de animales es propio de maricones, ¿no estábamos de acuerdo? No, respondieron los socios a un tiempo; propio de maricones es abusar de uno más débil, y si en el acto no dejaba libre al muchacho se las tendría que ver con todos, ¿qué le parecía? Al descendiente de Goliat no le quedó más remedio que retirarse con el rabo entre las piernas. Mientras se alejaba, volvía la cabeza y profería amenazas y maldiciones, pero ya eso a nadie le importaba ni forma parte de este cuento.
El flacucho era David, como habrás supuesto. Nos dio las gracias, recogió del suelo un mazo de hierbas y unos libros, y ya se disponía a marcharse por su lado cuando lo invité a unirse a nosotros no fuera el gigante a regresar. Por el camino nos contó su vida. Era del campo, dijo, y acababa de mudarse al pueblo con la familia porque a Adela Elvira, su abuela, le venía fallando el corazón y los médicos habían dicho que si no la tenían a mano no respondían por su salud. Con voz quebrada añadió que era él quien la cuidaba de noche y de día, sin apartarse de su lado un momento, pues estaba convencido de que si la Muerte venía a buscarla y lo encontraba a él a los pies de la cama leyéndole la Biblia, no se atrevería a acercarse. Quizás la Muerte lo llamaba desde la ventana para distraerlo y dar el zarpazo, pero él no le respondería, no le respondería. Una especie de Ángel de la Guarda sin alitas, comentó uno de mis amigos por lo bajo y los demás soltaron la risita. Yo los hice callar a todos y le pedí a David que continuara. Si había salido ahora, retomó él la palabra sin prestar oído a la burlas, había sido por la necesidad de recoger unas hierbas para su perrita, a la que también quería mucho y también estaba enferma, llevaba dos días sin probar bocado y con dolor en la panza. En este punto los socios volvieron a meter la cuchareta. Oye, si eres del campo, dijeron, seguro te gustan las chivas. David empezó a bizquear y respondió que no señor, que de ninguna manera. Entonces las yeguas. No, ningún animal, eso es una infamia; si un hombre tiene tratos con un animal será condenado a muerte y también se sacrificará al animal, dice la Biblia. Los socios me miraron: ¿a qué clase de mequetrefe o católico habíamos salvado? Yo me apresuré a aclarar que no a todo el mundo le gusta lo mismo. En esto, David se detuvo. Allá está mi madre, dijo apuntando a lo lejos; mejor nos despedimos; muchas gracias por la ayuda y la compañía. Miramos en la dirección que apuntaba y vimos a la mujer más bella que te puedas imaginar. Parecía italiana, para decírtelo en pocas palabras. Traía un vestido blanco de ovalitos negros, de esos que se ponen las mujeres decentes para salir a la calle, y estaba recostada contra la puerta azul del solar donde vivían. Todos quedamos boquiabiertos. Nunca te imaginas que la madre de alguien pueda estar tan buena. Vimos que venía hacia nosotros, y pensé que algo grave ocurría, pues esto a las madres se les nota de lejos. No me equivoqué. Cuando llegó a donde estábamos, se abrazó al hijo. Ante todo sé fuerte y recuerda que venimos a este valle de lágrimas a sufrir, dijo; y tampoco olvides que eres un hombre y estás en la calle. Al oír esto, David se puso tenso, supongo que adivinando lo que seguía, en tanto yo y los socios mirábamos la cintura, los muslos, el talle, las tetas de aquella hembrona. Ella separó al hijo de sí y, mirándolo a lo más profundo de los ojos para trasmitirle entereza, le soltó el resto: la perrita acababa de morir. No era lo que David esperaba y se quedó lelo. Debió de sentir que el pavimento faltaba bajo sus pies porque empezó a recular y trastabillar, hasta que yo me adelanté y lo agarré por los hombros. Tranquilo, hombre, tranquilo, le dije; más se perdió en la guerra. Fue entonces cuando Estela, que así se llama la madre, reparó en nosotros, y no te imaginas la antipatía con que lo hizo. ¿Quiénes son estos?, preguntó a David, ¿de dónde los has sacado y por qué vienen contigo? Volviéndose a nosotros, preguntó, ¿Qué andan buscando?, ¿qué quieren de él? Y, sin esperar respuesta, se agachó, agarró un cuje y ante nuestra mayor sorpresa empezó a perseguirnos y a darnos cujazos. ¡Largo de aquí, largo de aquí!, gritaba como una posesa, a la vez que levantaba una nube de polvo, ¡si se acercan a él los mato!
¡Está loca!, dijeron mis amigos. ¡Él no es como ustedes!, gritaba ella, ¡él va a estudiar y será un hombre de bien!; ¡váyanse, malandrines, váyanse, no permitiré que lo echen a perder! Entonces David soltó un jipido que nos paralizó a todos. El pobre muchacho no se pudo contener. Las lágrimas le corrían por la cara, y también los mocos, pues tenía catarro. Esto nos conmovió a nosotros, pero no a Estela, que soltó el cuje y partió hecha una fiera hacia el hijo. ¡Carajo!, ¿quién ha visto que un hombre llore por tan poca cosa?, gritó, ¡sécate las lágrimas ahora mismo! ¡Tú no la querías!, la encaró de pronto David. ¿Y por qué iba a quererla, me puedes decir?, repuso ella. Porque no era más que una perrita, él. Ah, ¿piensas eso y no me lo habías dicho?, ella; ¿puedes decirme quién se ha ocupado de ti desde que naciste mientras a tu padre nunca le has visto el pelo? Ah, no, dijeron los socios, nosotros nos vamos antes de que lleguen los del manicomio, y desaparecieron. Entonces Estela se volvió hacia mí y me dijo, Vas a hacerme un favor: no lo dejes ir para la casa hasta que se calme; si la abuela lo ve llorando se va a poner mal o pensará que fue ella la que murió y empezará a dar órdenes para el entierro. Y dicho esto, dio media vuelta y se alejó. La falda le subió hasta medio muslo y pude apreciar sus bien torneadas piernas. Cuando entró al solar, me saqué el pañuelo del bolsillo y se lo alcancé a David. Él lo tomó, se dio vuelta y se sonó la nariz varias veces. Permaneció de espaldas, sollozando y aspirando los mocos y limpiándose con el pañuelo. Cuando por fin se calmó, le eché el brazo sobre los hombros y lo obligué a caminar para alejarnos del lugar. No habíamos andado mucho cuando le dije, Yo siempre quise tener un hermano menor, mi madre estaba a punto de dármelo cuando un día, en medio de una discusión tremenda con mi padre a causa de mi tía, pisó una cáscara de mango y... Ayúdame a cavar un hoyo para enterrarla, me interrumpió él, por favor. Toda la gente que yo conocía hubiera dicho, Ayúdame a hacer el hueco, y nadie hubiera agregado el por favor. Pero él lo dijo así y, ¿qué quieres que te diga?, aquello me emocionó.
—Yo lo abro, muchacho; tú descansa y piensa en otra cosa.
Cuando la tumba quedó lista, dije:
—Bueno, ahora ya puede ir para el cielo o para donde sea; reza o haz lo que vayas a hacer.
No sé por qué, esto le resultó gracioso y sonrió, y yo creo que fue entonces cuando le tomé cariño. No, pensándolo mejor, ese fue el momento en que él me tomó cariño a mí, cuando bajó por unos segundos el puente levadizo que lo separaba del resto del mundo y me dio entrada, si en verdad esto ha ocurrido alguna vez. Mi cariño por él brotó antes, cuando lo vi amenazado por el Goliat, se fortaleció mientras regresábamos al pueblo y se consolidaba ahora, con la sonrisa, pues te aseguro que ignoraba que una persona pudiera sonreír de una manera tan triste y graciosa a la vez, y mucho menos un varón.
—John Lennon también tuvo una perrita —le dije—. ¿Lo sabías?
—No.
—Pues sí. Se llamaba Sally. Un día, la tía con la que John vivía, Mimi, se la regaló al primero que pasó por la calle.
—¿No sería al revés? ¿Sally la tía y Mimi la perrita?
—No, socio, no; yo de los Beatles lo sé todo.
—La mía se llamaba Carolina.
Volvió a quedarse callado, esta vez como pensando en algo importante. Al rato, me volvió a mirar, se miró las manos, dio tres palmadas ante su cara y se quedó tranquilo. —Si tú quieres —dije yo—, podemos ser amigos.
—Está bien; pero dime una cosa: ¿tú crees que estamos dormidos o despiertos?


No hay comentarios:

Publicar un comentario