jueves, 3 de marzo de 2016

Letras... La guerra no tiene rostro de mujer

«¿Seré capaz de encontrar las palabras adecuadas? Puedo contar cómo disparaba. Pero explicar cómo lloraba, nunca, ni hablar. Eso quedará mudo para siempre. Lo único que sé es que en la guerra las personas se vuelven espantosas e inconcebibles. ¿Cómo vas a entenderlas? »Usted es escritora. Invéntese algo. Algo bonito. Sin parásitos ni suciedad, sin vómitos… Sin olor a vodka y a sangre… Algo no tan terrible como la vida…».

viernes, 26 de febrero de 2016

Letras... La guerra no tiene rostro de mujer

El tiempo al hacer su trabajo suele ser más lento, más discreto. El semblante de una persona tarda en moldearse.

El trabajo de perfilar el alma sobre el rostro toma su tiempo. Sin embargo, la guerra creó sus imágenes con mucha rapidez. Se dio mucha prisa en completar sus retratos.

jueves, 25 de febrero de 2016

Letras... La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexievich.

La humanidad ha vivido miles de guerras (hace poco leí que en total se habían contabilizado más de tres mil, entre grandes y pequeñas), sin embargo, la guerra sigue siendo un gran misterio. Nada ha cambiado. Para descifrar el misterio intento reducir la Gran Historia hasta darle una dimensión de persona. Espero hallar las palabras. Porque en este terreno supuestamente reducido y cómodo para la observación, en el espacio de una sola alma humana, todo es aún menos concebible, menos predecible que en la Historia. Me encuentro ante las lágrimas vivas, ante los sentimientos vivos. Ante un rostro humano real, al que durante la conversación recorren sombras de miedo y de dolor. A veces incluso surge ese subversivo pensamiento sobre la escurridiza belleza del sufrimiento. Entonces me asusto de mí misma…

El único camino es amar al ser humano. Comprenderlo a través del amor.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Letras... La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexievich

Hoy en día me llaman mucho para que vaya a los encuentros en el museo militar…Me piden que haga presentaciones. Ahora sí. ¡Cuarenta años después! ¡Cuarenta! Hace poco hablé ante un grupo de jóvenes italianos. Me hicieron muchas preguntas: ¿qué médico me trataba? ¿De qué me estaba curando? Por alguna razón intentaban averiguar si había acudido a ver a algún psiquiatra. ¿Qué era lo que veía en sueños? Si sueño con la guerra. La mujer rusa excombatiente era un enigma para ellos. ¿Cómo es esta mujer que no solo salvaba y vendaba las heridas, sino que disparaba, provocaba explosiones…, mataba hombres?…Me preguntaron si me había casado. Estaban seguros de que no. De que era soltera. Me reí: “Todos volvieron de la guerra con trofeos, yo me traje a mi marido. Tengo una hija. Ya soy abuela”. No te he hablado del amor…No podré, mi corazón no da abasto. Otra vez será…¡Había amor! ¡Lo había! ¿Te crees que una persona es capaz de vivir sin amor? ¿De sobrevivir? En el frente se enamoró de mí nuestro comandante del batallón…Me protegió a lo largo de toda la guerra, no dejaba que nadie se me acercara, cuando se licenció fue a buscarme al hospital. Entonces se me declaró…Bueno, del amor ya hablaremos en otra ocasión…Tú ven, ven sin falta. Serás como mi segunda hija. Claro que quería tener muchos hijos, me encantan los niños. Pero solo tengo una hija…Mi hijita…No tuve salud, ni fuerzas. Tampoco pude estudiar: me enfermaba demasiado. Mis piernas, todo es por mis piernas…Me juegan malas pasadas…Antes de jubilarme trabajé como auxiliar en la escuela politécnica, todos me querían, los profesores, los estudiantes. Porque dentro de mí había mucho amor, mucha alegría. Era mi forma de entender la vida, después de la guerra solo quería vivir de ese modo. Dios no creó a la persona para que sufriera, la creó para el amor. ¿No estás de acuerdo?

Letras... Encuentro con el otro, Ryszard Kapuscinski

Lo paradójico de la actual situación mediática va aún más lejos. Por un lado, aumenta la globalización de los medios, pero, por el otro, también aumenta su superficialidad, su cualidad de algo desconcertante y caótico. Cuanto más convive el hombre con los medios, más se queja de su extravío y de su soledad. A principios de los años sesenta, cuando la televisión estaba todavía en pañales, Marshall McLuhan usó la expresión de «aldea global». McLuhan, que era un católico dotado de un apasionado sentido de misión, imaginaba que el nuevo medio nos convertiría a todos en hermanos pertenecientes a una misma comunidad en la fe. Aquel calificativo suyo, repetido hoy sin reflexión alguna, ha resultado uno de los mayores errores de la cultura contemporánea, pues la esencia de la vida de aldea radica en que sus habitantes están cerca unos de otros, se tratan cara a cara y comparten una misma existencia. Ninguna de estas cosas puede decirse de la sociedad de nuestro planeta, la cual más bien recuerda a la anónima multitud de un gran aeropuerto: una multitud compuesta por personas que, siempre deprisa y corriendo, pasan indiferentes ante sus desconocidos congéneres.

martes, 23 de febrero de 2016

Letras... Encuentro con el otro, Ryszard Kapuscinski

Cuando estalla la Primera Guerra Mundial, Lévinas tiene ocho años; treinta y tres cuando estalla la Segunda. De manera que el período de su formación coincide con la época en la que en Europa surgen la sociedad de masas y dos sistemas totalitarios: el comunismo y el fascismo. El miembro de la sociedad de masas se caracterizará por el anonimato, la falta de vínculos sociales, la indiferencia hacia el Otro y —a causa de su desarraigo cultural—su impotencia frente al mal y su disposición a cometerlo él mismo, con todas las trágicas consecuencias que ello implica y cuyo símbolo más atroz será el Holocausto. Precisamente a esa indiferencia hacia el Otro, indiferencia creadora de una atmósfera que en circunstancias especiales puede llevar a un Auschwitz, contrapone Lévinas su filosofía. Detente, parece decirle al hombre que corre en medio de la multitud desbocada. ¡Detente! Junto a ti hay otro ser humano. Ve a su encuentro, pues en ese encuentro reside la mayor vivencia, la experiencia más importante. Mírale a la cara. Él te la ofrece, y al hacerlo te transmite su ser. Más aún: te acerca a Dios.

Letras... Voces de Chernóbyl, Svetlana Alexievich






Creo que si Svetlana Aliexievich no hubiese ganado el Nobel de Literatura el año pasa, jamás habría leído esta joya, cosa que me pone un tanto inquieta (por favor, sé que no me puedo leer todos los libros de todos los autores) pero me pregunto cuantos autores excelentes con obras maravillosas me estaré perdiendo, simplemente porque escriben al otro lado de la bolita del mundo, pero en fin tendré que vivir con la duda


Svetlana me recuerda mucho a Ryszard Kapuscinski, por su hermosa manera de centrarse en el hombre común, en las pequeñas historias detrás de los sucesos, que pese a lo "pequeñas" son precisamente las bases de ese todo que es la humanidad. No hace falta entonces deir por que amo a Ryszard y menos aún porque ella me ha cautivado.

Siempre hemos leído o escuchado acerca de Chernóbil como algo lejano, ajeno.Algo que pasa en otras latitudes y no en las que el azar decidió tirarnos al planeta pero con este libro, Alexievich hace cercana, persona incluso íntima la experiencia, notas que Chernóbil no son cifras solamente, que son personas, lágrimas, sudores, pérdidas, entre miles de cosas.

Hay un montón de fragmentos "coleccionables" que saqué del libro, pero pondré aquí esos que como diría Kafka convierten este libro en uno que nos despierta de un puñetazo en el cráneo, no sólo porque nos ilustran la gravedad o el impacto del desastre, sino porque también nos asoman lo peor de la naturaleza humana.

"En la Academia de Ciencias, creo que fue allí, me enseñaron la radiografía de unos pulmones abrasados por «partículas calientes». Los pulmones parecían un cielo estrellado. Las «partículas calientes» son como unos granos microscópicos que se produjeron cuando se arrojó plomo y arena en el reactor incendiado. Los átomos del plomo, de la arena y del grafito se fundían y, con el impacto, se elevaban hacia el cielo. Estas partículas volaron a grandes distancias. A centenares de kilómetros. Y ahora penetran en el organismo humano a través de las vías respiratorias. Quienes caen más a menudo son los tractoristas y los chóferes, es decir, aquellos que aran el campo o viajan por los caminos sin asfaltar. Cualquier órgano en que estas partículas se instalan se «ilumina» en las radiografías. Centenares de agujeritos, como en un fino cedazo. La persona muere. Se quema. Pero si el hombre es mortal, las «partículas calientes» no; ellas son inmortales. Un hombre muere y en mil años se convierte en polvo, mientras que las «partículas calientes» seguirán viviendo y este polvo seguirá siendo capaz de matar una y otra vez."

"El hombre armado de un hacha y un arco, o con los lanzagranadas y las cámaras de gas, no había podido matar a todo el mundo. Pero el hombre con el átomo… En esta ocasión toda la Tierra está en peligro."

"Hay que elevar las aspiraciones del hombre, llenarlo de inspiración. Hacen falta ideales. Entonces habrá un Estado poderoso. Las salchichas no pueden ser un ideal; una nevera llena no es un ideal. Ni un Mercedes es un ideal. ¡Hacen falta ideales luminosos!"

"Pero lo que les preocupaba no era la gente, sino su poder. En un país donde lo importante no son los hombres sino el poder, la prioridad del Estado está fuera de toda duda. Y el valor de la vida humana se reduce a cero."


Sin duda un libro que deja huella, en mi la dejó y muy profunda.